Luego de aproximadamente dos
semanas de espera, por fin llegó el sábado en el que nos tocaría visitar por
primera vez al centro de ayuda social al cual nos debemos por todo este año. Me
refiero a Casita de la Paz, la cual, como su nombre lo dice es una casa ubicada
en Surco, que alberga niños entre cinco y trece años que padecen de una enfermedad
terminal como el cáncer; donde mamás y voluntariados se encargan de darles mucho
amor, cariño y sobretodo una mejor calidad de vida.
Durante esa semana, algunos
minutos de tutoría, los invertimos en organizar actividades, y además algo que me pareció muy
importante antes de realizar esta actividad fue que en comunidad nos conocimos, aceptamos y superamos
algunas dificultades que teníamos al momento de escoger o asignar quien iba a
cada grupo para interactuar con los
niños. Una vez terminada la Catequesis de Confirmación (aproximadamente 11:30
a.m.), como lo habíamos planificado
previamente, nos reunimos todos en el tablazo del colegio para verificar
que todos o la gran mayoría estén presentes para poder ir a almorzar a algún
restaurante o centro comercial cercano, porque buscamos la verdad al consultarle a una señora si era el horario adecuado y dijo que justo a esa hora los niños estaban almorzando y actuamos con coherencia, ya que acordamos que no sería nada justo ni agradable para los
niños vernos comer alimentos que ellos no podían por su enfermedad, como
grasas, azúcares, etc. Luego de compartir un buen tiempo en comunidad,
regresamos al colegio para concentrar todos juntos con nuestro tutor, esperar
el bus y partir rumbo a Casita de la Paz.
Cuando el bus hizo una
parada y miraba alrededor, no tenía idea de que habíamos llegado a la casita,
porque parecía una casa común y corriente donde vivir. Al entrar nos dimos
cuenta de un detalle que con el transcurso del día verificamos que sería
importante; y es que al entrar, nos esperaba Romel, un niño de aproximadamente
nueve años que a pesar no tener una pierna, con sus muletas fue lo más rápido
que pudo a darnos la bienvenida. Pasamos todos hasta la sala para explorar un
poco el lugar y fue inevitable priorizar nuestra vista en los niños, quienes se
veían un poco cansados por obvias razones y me dio muchísima pena ver a niños
tan pequeños y con toda una vida por delante en esas condiciones, viviendo
encerrados todos por la misma razón, rapados, algunos ya hasta sin pelo,
mirándonos con temor, y que probablemente vivan pensando en que algún día no
tan lejano vayan a morir.
En cuanto a la estructura, notamos
que era una casa algo pequeña de dos pisos como para que un grupo de ocho o
hasta diez niños vivan allí. Lo único amplio por así decirlo era la sala, ya
que otros lugares como la cocina, el comedor y hasta los almacenes eran muy
pequeños. Además de su zona de recreación que parecía más un almacén porque
estaban sus muñecos, algunos materiales para ‘doctores vida’ y algunas mesas y
silla; como podemos ver en la imagen, el techo que cubre esta zona está algo
gastado por lo que como comentábamos, sería bueno cambiarlo y además pintar las
paredes con algunas caricaturas como las que hay en la entrada y en gran parte
de la casa.
Dejando de lado la tristeza,
llegaría el momento para realizar las actividades que teníamos para los niños,
por lo que el salón se dividió en dos y como ya habíamos planeado, un grupo se
iría al parque para jugar con la mitad de niños y otro grupo se quedaría en la casa para
hablar con otro grupo de niños. Mi grupo fue el de los juegos, por lo que salí
con mis compañeros y con los niños al parque más cercano que había y en el que
solían jugar. En el recorrido, veíamos como los niños corrían y se divertían
como niños normales y con ganas de jugar, pero pese a esto lamentablemente no
pude sonreír porque me puse a pensar en el que algún día morirán y aún estaba
algo chocado con la realidad con la que me tocaba y me tocará trabajar a lo
largo del año. Hasta que de la nada, vino tan rápido como pudo Romel y me
preguntó “¿Por qué estas triste?” y como me lo esperaba los compañeros que
estaban a mi alrededor se rieron porque es como la gente me ve a pesar de que a
veces esté feliz, y él sin tener idea de lo que ocurría miraba como se reían
los demás y le dije “Así soy”, entonces con algunas dudas volteó y siguió a
paso rápido su camino hasta al parque y desde allí no se me fue de la cabeza
esa pregunta que me hizo, y me la repetía en mi memoria una y otra vez cada vez
que veía a Romel andar a paso rápido con sus muletas.
Cuando llegamos al parque
hicimos una ronda y nos sentamos, donde mezclábamos alumnos con los niños y
allí nuestro tutor, Antonio Cangalaya una vez más lideró con inspiración y nos explicó el juego, el cual consistía
en pasar entre todos una pelota de fútbol y en algún momento dado alguien que
estaba de espaldas decía “¡Stop!” y la persona que tenía la pelota se
paraba y nos contaba un poco de sí mismo y los niños propusieron algunos
divertidos castigos. Allí tanto nosotros mismos como los niños pudimos conocernos,
aceptarnos y superar nuestros
miedos al momento de contarle a todos un poco de nosotros y cumplir con el
castigo, además conocimos un poco más a los niños y cuando terminó el
juego todos nos pusimos de pie, nos comprometimos, nos esforzamos
y jugamos lo que más nos gustaba.
Pese a que no era nada bueno
en ese juego, yo escogí fútbol porque allí estaba Romel y quería ver que era
capaz de hacer con sus muletas. Luego de formar los equipos, llegaría la hora
de jugar y dejando a todos con la boca abierta, Romel se convirtió en todo un ‘crack’
de fútbol, jugando de una manera espectacular, dominando bien el balón y ‘llevándose’
a casi todos, siendo casi imposible detenerlo. A partir de allí, viendo como
jugaba él y como jugaban todos los demás, mi idea de niño con cáncer cambio
radicalmente porque reflexioné y me pude dar cuenta que no importaban los miles
de problemas que pueda tener en mi día a día como persona o como alumno del
diploma, ya que estos eran ridículos comparados con padecer del cáncer infantil
y además de eso, me di cuenta que esos niños eran mucho más felices que yo, y
luego de llegar a esa conclusión me emocioné casi hasta las lágrimas mientras
descansaba luego de que acabara el pequeño partido de fútbol.
Pasaron algunos minutos y me
puse a jugar otros juegos con otros niños, mientras veía como los niños se
divertían me di cuenta que como salón, logramos que cada uno de nosotros liderara
con inspiración cada juego que proponíamos jugar. Hasta que en el
último juego en específico, mata gente, ya se hacía tarde y nos tocaba regresar
a la casa, cuando miraba a mi alrededor, miraba los niños y además de sacarme
una sonrisa, disfrutando de los juegos y de la felicidad de cada uno de ellos, fue
inevitable recordar algunos momentos de mi infancia, cuando de pequeño iba a un
parque con mis hermanos y mis padres, jugaba casi los mismos juegos que jugamos
ese día con los niños: Fútbol, carreras de caballos, mata gente, etc.; y recordaba
con claridad cuando de pequeño ya era la hora de irme y recordé esa sensación
que te da el ser un niño, estar feliz, y salir cansado de un parque al
atardecer luego de disfrutar muchos juegos y llegue a la conclusión que viví un
momento muy grato junto con ellos.
Sinceramente, me gustaría
volver porque esos niños generan en mí una sensación de satisfacción y de amor
a la vida cuando los veo reír y disfrutar cada momento que pasan con nosotros.
La verdad espero cada día con ansias volver a la casita para poder aprender de
ellos y que ellos aprendan algo de mí. Creo que esos niños, de alguna u otra
forma generan en cada uno de nosotros, más ganas de luchar por lo que nos
proponemos y que el ser feliz depende únicamente de nosotros, sin importar qué
tan grave o no sea el problema o los problemas que tengamos porque debemos ser
como esos niños: que se olvidan de sus problemas y viven cada día al máximo,
como si fuera el último, y sin que me lo hayan dicho directamente, esos niños
me han enseñado algo muy valioso que seguramente me será muy útil ahora y en
muchas partes de mi vida proyectándome al futuro. Extraño a esos niños y de
todo corazón, me gustaría que se recuperen para poder verlos crecer y ser
alguien en la vida, y creo que esos niños sin querer queriendo nos invitan a
soñar que con actitud y voluntad, todas nuestros sueños y metas pueden
convertirse realidad. Espero con ansias volver y que esos niños me alegren un día, otra
vez.




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