martes, 22 de abril de 2014

BITÁCORA N°2:1º VISITA A CASITA DE LA PAZ

Luego de aproximadamente dos semanas de espera, por fin llegó el sábado en el que nos tocaría visitar por primera vez al centro de ayuda social al cual nos debemos por todo este año. Me refiero a Casita de la Paz, la cual, como su nombre lo dice es una casa ubicada en Surco, que alberga niños entre cinco y trece años que padecen de una enfermedad terminal como el cáncer; donde mamás y voluntariados se encargan de darles mucho amor, cariño y sobretodo una mejor calidad de vida.

Durante esa semana, algunos minutos de tutoría, los invertimos en organizar actividades, y además algo que me pareció muy importante antes de realizar esta actividad fue que en comunidad nos conocimos, aceptamos y superamos algunas dificultades que teníamos al momento de escoger o asignar quien iba a cada grupo para interactuar  con los niños. Una vez terminada la Catequesis de Confirmación (aproximadamente 11:30 a.m.), como lo habíamos planificado previamente, nos reunimos todos en el tablazo del colegio para verificar que todos o la gran mayoría estén presentes para poder ir a almorzar a algún restaurante o centro comercial cercano, porque buscamos la verdad al consultarle a una señora si era el horario adecuado y dijo que justo a esa hora los niños estaban almorzando y actuamos con coherencia,  ya que acordamos que no sería nada justo ni agradable para los niños vernos comer alimentos que ellos no podían por su enfermedad, como grasas, azúcares, etc. Luego de compartir un buen tiempo en comunidad, regresamos al colegio para concentrar todos juntos con nuestro tutor, esperar el bus y partir rumbo a Casita de la Paz.

Cuando el bus hizo una parada y miraba alrededor, no tenía idea de que habíamos llegado a la casita, porque parecía una casa común y corriente donde vivir. Al entrar nos dimos cuenta de un detalle que con el transcurso del día verificamos que sería importante; y es que al entrar, nos esperaba Romel, un niño de aproximadamente nueve años que a pesar no tener una pierna, con sus muletas fue lo más rápido que pudo a darnos la bienvenida. Pasamos todos hasta la sala para explorar un poco el lugar y fue inevitable priorizar nuestra vista en los niños, quienes se veían un poco cansados por obvias razones y me dio muchísima pena ver a niños tan pequeños y con toda una vida por delante en esas condiciones, viviendo encerrados todos por la misma razón, rapados, algunos ya hasta sin pelo, mirándonos con temor, y que probablemente vivan pensando en que algún día no tan lejano vayan a morir.


En cuanto a la estructura, notamos que era una casa algo pequeña de dos pisos como para que un grupo de ocho o hasta diez niños vivan allí. Lo único amplio por así decirlo era la sala, ya que otros lugares como la cocina, el comedor y hasta los almacenes eran muy pequeños. Además de su zona de recreación que parecía más un almacén porque estaban sus muñecos, algunos materiales para ‘doctores vida’ y algunas mesas y silla; como podemos ver en la imagen, el techo que cubre esta zona está algo gastado por lo que como comentábamos, sería bueno cambiarlo y además pintar las paredes con algunas caricaturas como las que hay en la entrada y en gran parte de la casa.

Dejando de lado la tristeza, llegaría el momento para realizar las actividades que teníamos para los niños, por lo que el salón se dividió en dos y como ya habíamos planeado, un grupo se iría al parque para jugar con la mitad de  niños y otro grupo se quedaría en la casa para hablar con otro grupo de niños. Mi grupo fue el de los juegos, por lo que salí con mis compañeros y con los niños al parque más cercano que había y en el que solían jugar. En el recorrido, veíamos como los niños corrían y se divertían como niños normales y con ganas de jugar, pero pese a esto lamentablemente no pude sonreír porque me puse a pensar en el que algún día morirán y aún estaba algo chocado con la realidad con la que me tocaba y me tocará trabajar a lo largo del año. Hasta que de la nada, vino tan rápido como pudo Romel y me preguntó “¿Por qué estas triste?” y como me lo esperaba los compañeros que estaban a mi alrededor se rieron porque es como la gente me ve a pesar de que a veces esté feliz, y él sin tener idea de lo que ocurría miraba como se reían los demás y le dije “Así soy”, entonces con algunas dudas volteó y siguió a paso rápido su camino hasta al parque y desde allí no se me fue de la cabeza esa pregunta que me hizo, y me la repetía en mi memoria una y otra vez cada vez que veía a Romel andar a paso rápido con sus muletas.

Cuando llegamos al parque hicimos una ronda y nos sentamos, donde mezclábamos alumnos con los niños y allí nuestro tutor, Antonio Cangalaya una vez más lideró con inspiración y nos explicó el juego, el cual consistía en pasar entre todos una pelota de fútbol y en algún momento dado alguien que estaba de espaldas decía “¡Stop!” y la persona que tenía la pelota se paraba y nos contaba un poco de sí mismo y los niños propusieron algunos divertidos castigos. Allí tanto nosotros mismos como los niños pudimos conocernos, aceptarnos y superar nuestros miedos al momento de contarle a todos un poco de nosotros y cumplir con el castigo, además conocimos un poco más a los niños y cuando terminó el juego todos nos pusimos de pie, nos comprometimos, nos esforzamos y jugamos lo que más nos gustaba.


Pese a que no era nada bueno en ese juego, yo escogí fútbol porque allí estaba Romel y quería ver que era capaz de hacer con sus muletas. Luego de formar los equipos, llegaría la hora de jugar y dejando a todos con la boca abierta, Romel se convirtió en todo un ‘crack’ de fútbol, jugando de una manera espectacular, dominando bien el balón y ‘llevándose’ a casi todos, siendo casi imposible detenerlo. A partir de allí, viendo como jugaba él y como jugaban todos los demás, mi idea de niño con cáncer cambio radicalmente porque reflexioné y me pude dar cuenta que no importaban los miles de problemas que pueda tener en mi día a día como persona o como alumno del diploma, ya que estos eran ridículos comparados con padecer del cáncer infantil y además de eso, me di cuenta que esos niños eran mucho más felices que yo, y luego de llegar a esa conclusión me emocioné casi hasta las lágrimas mientras descansaba luego de que acabara el pequeño partido de fútbol.




Pasaron algunos minutos y me puse a jugar otros juegos con otros niños, mientras veía como los niños se divertían me di cuenta que como salón, logramos que cada uno de nosotros liderara con inspiración cada juego que proponíamos jugar. Hasta que en el último juego en específico, mata gente, ya se hacía tarde y nos tocaba regresar a la casa, cuando miraba a mi alrededor, miraba los niños y además de sacarme una sonrisa, disfrutando de los juegos y de la felicidad de cada uno de ellos, fue inevitable recordar algunos momentos de mi infancia, cuando de pequeño iba a un parque con mis hermanos y mis padres, jugaba casi los mismos juegos que jugamos ese día con los niños: Fútbol, carreras de caballos, mata gente, etc.; y recordaba con claridad cuando de pequeño ya era la hora de irme y recordé esa sensación que te da el ser un niño, estar feliz, y salir cansado de un parque al atardecer luego de disfrutar muchos juegos y llegue a la conclusión que viví un momento muy grato junto con ellos.


Sinceramente, me gustaría volver porque esos niños generan en mí una sensación de satisfacción y de amor a la vida cuando los veo reír y disfrutar cada momento que pasan con nosotros. La verdad espero cada día con ansias volver a la casita para poder aprender de ellos y que ellos aprendan algo de mí. Creo que esos niños, de alguna u otra forma generan en cada uno de nosotros, más ganas de luchar por lo que nos proponemos y que el ser feliz depende únicamente de nosotros, sin importar qué tan grave o no sea el problema o los problemas que tengamos porque debemos ser como esos niños: que se olvidan de sus problemas y viven cada día al máximo, como si fuera el último, y sin que me lo hayan dicho directamente, esos niños me han enseñado algo muy valioso que seguramente me será muy útil ahora y en muchas partes de mi vida proyectándome al futuro. Extraño a esos niños y de todo corazón, me gustaría que se recuperen para poder verlos crecer y ser alguien en la vida, y creo que esos niños sin querer queriendo nos invitan a soñar que con actitud y voluntad, todas nuestros sueños y metas pueden convertirse realidad. Espero con ansias volver y que esos niños me alegren un día, otra vez.

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