Tuvimos que organizar
actividades en el bus y sin que podamos creerlo las ideas fluían con
normalidad, como si hubiésemos trabajado juntos todo el año. Planeamos usar ‘flashcards’ para que los niños aprendan
los nombres de algunos animales en inglés y como era de costumbre para 4º “E”
la clase acabaría con la oración final. El bus hizo una parada y 4º “E” nos daba la bienvenida al proyecto, la hora
había llegado. Hicimos nuestro ingreso y sucedió algo que a inicios de año
nunca había pensado que llegara a suceder, veía con mis propios ojos un lugar
que antes veía solo en fotos, veía la realidad de los niños de Llanavilla.
Los niños tardaron en llegar, y mientras venían observe
el lugar y no podía creer que haya niños que estudien en un lugar muy humilde,
además de tener que cruzar carreteras peligrosas donde ellos o sus acompañantes
pueden salir lastimados. Una vez que llegaron entramos a nuestras respectivas
aulas para dar inicio a las clases, allí nos presentaron y veía que los niños
estaban ansiosos por conocer nuestras cualidades.
Me tocó enseñar a las mujeres, en mi grupo estábamos algo
tímidos, y ni yo pude creerlo pero tomé la iniciativa en una actividad por
primera vez en el año y lideré con
inspiración poniendo los
‘flashcards’ sobre la mesa y tratando de hacer la actividad lo más
dinámica y entretenida posible. Al igual que en Casita de la Paz, nuestras
actividades les aburrían dentro de media hora y aquí viene la parte con la que
me quedo dela visita. Bajé mi cabeza hasta donde estaban las niñas y les pregunté
si estaban aburridas, me dijeron que si y mientras me pedían un cambio de
actividad, Estrella junto a su amiga agarraron la capucha de mi polera y la
pusieron en mi cabeza, se rieron y mi amarraron las pitas de la capucha cómo si
estuvieran ahorcándome, sus rostros de alegría y sus carcajadas no pueden
explicarse con palabras, Estrella puso sus manitos en mis cachetes y me dijo:
“¡Caperucito plomo!”, ella junto a su amiga soltaron unas carcajadas increíbles
mientras me veían como estoy en la foto y sinceramente creí haber actuado con coherencia y haber logrado
lo que se hace en un primer día de un proyecto Ciudad de Dios, ganarte la
confianza de los niños y hacerles sentir que soy alguien en quienes pueden
confiar.
Les concedimos su petición y llevamos a todos los niños
del salón al patio, y las niñas sin dudarlo cogieron una pelota rosada grande
para jugar algo parecido al vóley, seguían sonriendo cada vez más y más y se
divertían sin que ellas se den cuenta en
comunidad.
Ya era hora de irse, no sin antes hacer un ‘feedback’ de
lo trabajado en el día y llegamos a la conclusión que habíamos hecho un buen
papel, y que podíamos formar un gran equipo entre estos dos salones y trabajar en comunidad para construir la
ciudad que queremos a fin de año en Llanavilla.




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